domingo, 7 de octubre de 2012
Es un día cualquiera, como cualquier otro en mi vida. Me levanto, me visto, me preparo para ir a la escuela. Al bajar las escaleras noto que nadie se encuentra en casa. Cosa nada rara. "Él en casa de su amante, ella en casa de su amante". Como al igual que en muchas familias es típico reunirse los domingos para almorzar todos juntos, familiares lejanos con los cercanos, los postres acompañados con tazas de café, y cálidas platicas familiares hasta que oscurece; en mi familia son comunes los engaños, las traiciones...La primera vez que descubrí que mi mamá engañaba a mi padre, tenía ocho años. Volvía de la casa de una amiga de mi barrio, subí al despacho de Stella para mostrarle la pulsera de amistad que habíamos hecho con mi amiga (muy lindas, la mía rosa y la de ella era lila, cada una tenía una, íbamos a ser amigas por siempre...) Vi que la puerta del cuarto estaba medio abierta, antes de golpear para pedir permiso y entrar (a mi madre nunca le gustaron las sorpresas) miré un poco a ver qué estaba sucediendo, a ver la causa de esos extraños ruidos...Pero cuando estaba a punto de mirar, se me cerró la puerta en la cara, mejor dicho, me cerraron la puerta en la cara. "Ha*** ¿¡Qué estás haciendo!?". Gritó esa maldita vieja, sirvienta estúpida e incompetente. Me tomó del brazo y me encerró en mi cuarto, bajo llave. Golpeé, pataleé, grité, lloré, hasta amenacé con irme de casa. Nada funcionó. Me tuvieron encerrada más de tres horas, y cuando me dejaron salir, me sentaron en el sillón de castigos, y me hicieron una sola pregunta: "Hija, ¿puedes decirnos si has visto algo extraño esta tarde cuando entraste al despacho de tu mamá?". Me temblaban las manos, estaba tan nerviosa que jugaba con la pulsera de amistad que me había hecho mi amiga. Me miraron fijamente los dos, me intimidaban sus miradas. La mirada de mi madre, preocupada, desesperada, como si esperara a que yo sea quién la sacara de ese aprieto. Y mi padre, incitándome a que respondiera lo que él quería oír...Pero no, simplemente fue un "no" mi respuesta. Casi como decepcionado, mi padre me miró, me acarició la cabeza, y dijo: "Está bien corazón, ve a la mesa, ya está lista tu cena". Y me besó la frente, como hacía cada vez que terminaba de regañarme...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario